La India que conocí

 

 

         DELHI.   Doce años más tarde, vuelvo al subcontinente indio al lado de mi inseparable compañero de viaje. Una  complicada decisión, teniendo en cuenta su reciente intervención de corazón, by-pass y marcapasos incluidos. Paco no quiere cambiar de vida, quiere seguir viajando y cargando con la mochila, un poco más ligera cada vez que decidimos un nuevo destino. La experiencia ha hecho que soltemos lastre inútil en los viajes y en la vida.

            Aterrizamos aún sin amanecer, pero nada más poner los pies en la calle nos hacemos conscientes de dónde estamos... es el calor indio del mes de Mayo... No son las 6 de la mañana y ya hay más de 30 grados... todos los recuerdos se agolpan en mi mente: los olores, los colores, el bullicio de las calles, los estridentes motorickshaws...

De nuevo estoy aquí. Son las 6 de la mañana y ya sus calles y estaciones son un hervidero humano. Todos los tópicos, las frases hechas, los adjetivos manidos de libros, documentales y revistas, se agolpan y martillean mis sienes. De repente, no sé si quiero estar aquí. No sé si quiero continuar con esto. Creo que quiero volver al avión. Conozco lo que me espera, y me da mucha pereza, por qué habré vuelto a Delhi??

            Por dios, qué calor, no puedo con la mochila. Los vaqueros aprisionan mis piernas, tengo el flequillo pegado a la frente y los pies se recalientan dentro de las deportivas.

            Irremediablemente nos adentramos en la ciudad, buscando un lugar para alojarnos, ducharnos y cambiarnos de ropa. Deberíamos comer algo ¿tú tienes hambre? yo me muero de sed!

            Recorremos sus monumentos, preciosos ejemplos de la arquitectura mogol. Una maravilla que ya conocemos, pero en la que nos gusta recrearnos sin las prisas de la primera vez. Ahora toca pasear y hacer fotos sin la ansiedad del no saber qué esconde la siguiente sala o cuánto tardaremos en recorrer el próximo palacio. Hoy nos toca disfrutar de los lugares y los paisanos

            De nuevo en la calle, recorrer el Viejo Delhi resulta agotador, apabullante, pero a nosotros nos fascina. Desfallecidos, necesitamos reponer fuerzas. Un puesto callejero es una buena opción, por no decir la única, en este momento. Madre mía! Cómo pica! Nos da vergüenza parecer ñoños, y seguimos comiendo... Las lágrimas salen a borbotones de mis pobres ojos, pero esto no calma la quemazón... estoy al borde de la deshidratación, y sigo comiendo...El señor dueño del improvisado restaurante nos mira y se ríe abiertamente. Paco se limpia los mocos, que se empeñan en caer sobre sus labios... Es una escena patética, lo sé... y si algo de dignidad nos quedaba, la perdemos pidiendo otra cocacola... al fin y al cabo somos los únicos occidentales comiendo aquí, un poco de piedad, por favor!

            Llega la noche, por fin. Tras una ducha fresquita, ya estoy sudando otra vez. La camiseta pegada al cuerpo, me he puesto unas chanclas, me arriesgaré a pisar las boñigas de la calle, qué le vamos a hacer.

            Y si el día fue re-loco, la noche no nos defrauda. Intentamos pasear un poco, relajarnos. Casi no veo nada, no sé dónde piso, ya tengo un pie mojado y no quiero pensar de qué... Paco me da la mano... creo que es la mano de Paco...

            Queremos avanzar, llegar al final de Arakasan Road, pero es extenuante. Si por el día era un hormiguero humano, la noche la ha transformado en un enjambre. Un señor reza, un grupo de mujeres cocinan en grandes calderos, una bicicleta me pisa el pie sano, algo golpea a Paco en el codo, pero no tiene tiempo de saber qué fue... el bulto negro se pierde en la nebulosa de humos, polvo, neones de colores...

            Seguimos avanzando a duras penas. Tropiezo. No sé si volveremos a encontrar nuestro hotel... Hago alguna foto al vacío, la gente se agolpa a nuestro alrededor, todos quieren salir a nuestro lado... Son jodidamente simpáticos, no te puedes enfadar con ellos... Ni siquiera me preocupo ni me asusto, ni tengo tiempo para pensar... Alguien me agarra, me quiere vender no sé qué... Por Shiva, qué estréssss!!

            Después de unos días en Delhi, volamos a AMRITSAR,

            la ciudad sagrada de los Sijs. Qué revoltijo, qué polvo, qué calor... Cables, vacas, carros, bicicletas, gente, gente y más gente. Todos me miran, todos sonríen (menos mal, ese puñal en la cintura me estaba haciendo dudar...). Los hombres sijs son altos y elegantes, fuertes y guapetones, emanan orgullo, te miran fijamente a los ojos, casi desafiantes... pero descubro ese fondo de pupila inocente, casi infantil y juguetón que me estudia y me reta, se pregunta y duda... mi sonrisa les tranquiliza, saludan con un leve movimiento de cabeza, llevando su mano al corazón... Y ellas, huidizas, juguetonas, curiosas, se ponen delante de mi objetivo, y aunque no quiera... les hago una foto más... 

            Nos dirigimos al Templo Dorado, lugar de peregrinación para la casta sij. Nunca pensamos encontrar tantas personas, pero, como casi todo en la India, el gentío es desmesurado. Me obligan a descalzarme, y el mármol blanco del suelo abrasa mis pies. Me obligan a cruzar un lago que purificará mi cuerpo, pero su fondo verde me hace dudar... me empujan, procuro no escurrirme y acabar purificada de cuerpo entero, caldo de cultivo para hongos varios... De vuelta al mármol abrasador, ¿Por qué me viene a la cabeza la imagen de una vitrocerámica en este preciso momento? Ahora subo, ahora bajo... la marabunta humana me lleva, no soy dueña de mí

            Al caer la tarde, conseguimos salir. Callejeamos, nos perdemos por los mercados. Las fachadas de muchas de las casas son una obra de arte venida a menos. Qué decadencia, qué deterioro. En su madera decrépita, todavía se adivinan las tallas y los relieves. Las celosías parecen espiarnos desde lo alto. Algo me saca de estas elucubraciones, algo que llega de abajo, del suelo, a cada paso. Chinches! Hay chinches y pulgas! La calle está llena de paja y basura, y a cada uno de nuestros pasos un enjambre de pulgas salta a mis pantorrillas y me chupa la sangre sin piedad. Vámonos de aquí! Corre!

            Otro día agotador que llega a su fin. Por fin tiempo para descansar. El hotel tiene un gran patio central atestado de plantas y flores. Un pasadizo conduce al comedor abierto y a las habitaciones. En las paredes, fotos en blanco y negro casi diluidas en las que se muestra un pasado glorioso con fiestas y joyas, caviar y champán. Francés, por supuesto. Hoy no queda nada de aquello. Sólo los muros y las grietas en las paredes. La mugre y el moho se comen la nobleza anterior. La pobre y única bombilla del pasillo, atestada de mosquitos, casi no alcanza para iluminar el comienzo de la escalera. Mejor no ver. Mañana será peor. Mañana con la luz del día no habrá sombra que esconda la realidad. Entramos en la habitación. Grande, desamueblada, espartana. Una cama, un armario chirriante y un cuarto para ducharnos y hacer pis. La cabeza me da vueltas y vueltas... Necesito descansar... y vueltas y vueltas... Tengo que asimilar tanta información, tantas imágenes, tantas sensaciones, poner orden en mi cerebro... y vueltas y vueltas...  tengo que dormir... y vueltas y vueltas...

            Varios días después, en autobús a DHARAMSALA,

            el refugio del Dalai Lama. Perdidos en las montañas del Himalaya, los tibetanos en el exilio procuran sobrevivir. Comen, rezan, aman. OM MANI PADME HUM. Reivindican su patria, construyen un mundo diferente. La mayoría ya nacieron aquí, no conocieron Lhasa, no saben de Shangri-La.

            Largos paseos, buena comida, mucha vegetación, ojos rasgados, sonrisas y mucha paz. No quiero más. No quiero más India, quiero quedarme aquí.

            A los jóvenes se les ve felices, sonrientes y saludables. Charlan, juguetean, chatean tomando té. Los ciber-cafés están a la orden del día en Mcleod-Ganj. Los monjes abarrotan las mesas. Dicen que si los monjes están en las calles, el Dalai está en casa. Nosotros, por supuesto, visitamos el palacio, que no es más que una edificación de ladrillo con varias alturas, varios patios y un pequeño museo-homenaje a las víctimas de la invasión china. Como siempre, museos de muerte y destrucción. Caras desencajadas, ancianos desorientados, niños con el llanto congelado. Templos bombardeados, monjes retorciéndose entre las llamas... Lo hemos visto una y otra vez, cada país tiene su época de los horrores, pero nunca te acostumbras. Me duele en el centro del pecho, no me deja respirar... el estómago se me encoge y una punzada de dolor me atraviesa la frente, parece que se encogieran las venas y la sangre no pudiera circular... sólo un hilillo que a duras penas llega al corazón y al cerebro para mantenerme en pie y poder caminar... Ya tengo bastante, te espero fuera. Ya en la calle, el sol y el espectacular decorado de montañas nevadas al fondo, reconforta y  devuelve el color y el calor a mi cuerpo...

            Muy al contrario de esta experiencia, las noches son divertidas en Dharamsala. Los restaurantes al aire libre tienen música y karaokes, los turistas beben cerveza y bailan con ritmos que para nosotros son antiguos ya, pero aquí hacen furor estos días. Escucho la Macarena, el Un pasito p'alante, Maria, y hasta el Aserejé... También es sufiente para mí... En nuestro hotel, una pequeña construcción regentada por amables tibetanos, la noche es pura calma. Tomamos un té en una mesita roja casi de juguete, y nos vamos a descansar.

            Y aunque yo no estoy de acuerdo, unos días más tarde Paco decide que ya está bien, y me empuja a un horrible autobús rumbo a HARIDWAR. En realidad queríamos visitar Varanasi, pero una huelga brutal nos lo impide. Bueno, India es grande y ningún lugar tiene desperdicio. Por otro lado, Haridwar y Rishikesh están de moda entre los ilumis, que es como llama Paco a esa parte de la humanidad que cree que la India es toda espiritualidad y armonía. Nada más alejado de la realidad. Sólo en las canciones de los Beatles existe ya algo así, si es que en algún momento existió más allá del ácido lisérgico y el hachís...

            Las horas del autobús indio se hacen insoportables, no merece la pena contar por qué. La bus-station de Haridwar deja mucho que desear. Y después toca andar. Seguro que de camino encontramos el Nirvana, esto ya no puede conducir a ningún otro lugar. De nuestro primer caminar recuerdo imágenes sueltas, retazos en mi memoria, quizás por el cansancio acumulado de las horas de autobús o por el espeso humo inhalado en el interminable trayecto. Pobreza y esclavitud. Es lo que predomina en las calles del norte de la India, donde nacen las fuentes del Ganges. Esclavitud y pobreza para los miles y miles de personas que integran las bajas castas. En sus ojos, una vez más, la ingenuidad, la alegría ignorante, la superstición y los rituales... El agua, el río, el nacimiento de la madre Ganga, las ofrendas por la natalidad, el río, el agua... nada que esconder... nada que guardar, todo sucede en la calle... los niños, las niñas, el mundo en la mirada, profundos ojos inocentes de niña sin mimar, sin cuidar, sin lavar, sin recordar... pequeña niña solitaria a punto de caer al agua... una niña que como todas las niñas del mundo desea la golosina que yo llevo en mi mano. La comparto con ella, sus ojos brillan unos instantes... me doy cuenta de que me reflejo en sus enormes pupilas, y le hago una foto. Así estaré siempre con ella

            Pero la calle también es la vejez, los sadhus que me escudriñan con su mirada del pasado desde el más allá... ancianos que viven en las orillas del río, que dicen que les da la vida, que les hace fuertes, que les proporciona la inmortalidad...

            Deambulamos durante días de Haridwar a Rishikesh, de Rishikesh a Haridwar... nos acostumbramos a su ritmo, avanzamos con su melodía... nos adaptamos al sonido del agua, vagamos como fantasmas por estas ciudades que tienen prohibido servir cualquier tipo de carne en sus restaurantes... Y cuando más cómodos nos sentimos, y el hambre ha dejado de aullar por nuestros estómagos

            de nuevo al horrible autobús que me lleva no sé dónde para coger un tren con destino AGRA

            En Agra parece inevitable visitar el Taj Mahal, una bonita tumba para el amor, excesiva tal vez... una bombonera blanca que encerró un espíritu para la eternidad. Si, es bonito el Taj... el mármol incrustado en el mármol, el río Yamuna a sus pies, un sin parar de turistas, un bullicio insólito para un mausoleo, un "cómprame, dame, págame, compra, paga, cómprame..." que me satura y termina cabreándome... por no hablar del calor. ¿Acaso habíamos olvidado el calor? ¿Nos hemos acostumbrado al sofocante calor? ¿Nos hemos hecho inmunes a las picaduras de los malditos mosquitos que todo lo pueblan? ¿Ya no nos molestan las pulgas ni nos clavan sus infectas cabecitas las garrapatas?

Si... el Taj Mahal es muy bonito, pero es una isla en medio de un gran basurero, una cloaca, un estercolero llamado Agra.

            No existe vocabulario que describa la marabunta de estímulos que llegan a tus sentidos en las calle de Agra. Camellos, bueyes, vendedores,  cabras, monos, padres, hijas, abuelos, insectos de todas clases, serpientes y escorpiones. Casas-palacio a medio derruir, acequias con inmundicias, aguas negras, patios con montañas de basura... plásticos de todo tipo inundando las calles, restos de la comida basura que los visitantes tiran porque no saben qué hacer con ellos...

            Yo pensé que después de 12 años esta ciudad habría cambiado, estaría restaurada, y ahora sería la joya india que merece ser. Pero no es así. Hoy, es 12 años más vieja, más sucia y está 12 años más derruida. Sé que es difícil de entender, pero me gusta. Me engancha, me alucina. Agra multiplica por 12 su atractivo, a pesar de su hedor. No puedo decir que estuvimos 12 días más en la ciudad, pero sí quizás la mitad. Y todos los disfrutamos, a pesar de las incomodidades y la suciedad. Y de ese adolescente indio que se empeñó en que le adoptásemos, y nos esperaba día y noche en la puerta de nuestra guest-house, a falta de nada mejor que hacer. Y de nuevo el tren. Hora de partir.

Check-out, Sir? Firme nuestro libro, por favor, díganos a dónde se dirige... I’m sorry, usted no, señora, sólo el señor... Namasté…

 

 

 

©Aurora Alcon (Marzo de 2013)

 

 

 

 

 

 

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