Welcome to Shangri-La

 

 

 

 

 

 

 

WELCOME TO SHANGRI-LA

 

    Cuando vi por primera vez la cordillera de los Himalayas tuve una especie de revelación: “Quiero morir aquí. Quiero pasar aquí mis últimos días dejando que mi cuerpo se funda en el paisaje como la nieve en el deshielo, convertida en otra cosa… otra existencia quizás”. Es la mística de estas montañas, el misterio de la soledad.

    El primer día que pisé Kathmandú, la adrenalina que inundaba mi cuerpo me hacía saltar de calle en calle, correr de un lado a otro sin pensar, mirando, oliendo, sonriendo, chocándome con el sin fin de personajes que abarrotan el gran hormiguero que es la capital nepalí. Y yo estaba allí!  YO estaba en el viejo Kathmandú!!  La ciudad de Pasolini, de los cuentos de las Mil y una Noches, y una noche más y muchas más pensando en ti…

    Son los contrastes de este país. La prisa, la locura, el caos de la ciudad, y ahí mismo, a escasos kilómetros, la paz más absoluta camino a Tibet o a una de las innumerables Guest-House de las montañas.

    Es… nuestro añorado “Shangri-La”.

 

 

LOS NIÑOS (Y LAS NIÑAS)

 

    Un día preguntamos a una señora cuántos hijos tenía. Cuatro, dijo ella. Nosotros contamos hasta seis niños jugando cerca de la casa. “Ésos dos son muy pequeños, no han cumplido ni cinco años”. La mortalidad infantil es tan alta, que en algunas familias los niños no son considerados hijos hasta llegar a cierta edad. En esa “cierta edad” tienen la “suerte” de ser considerados casi personas, aptas para trabajar.

    Es difícil describir el sentimiento que me provoca los ojos de un pequeño nepalí, pues por mucho que su boca sonría esos ojos nunca abandonan la tristeza más absoluta y profunda…

    Tal vez porque SABEN que me iré, que dejaré de jugar y abrazarles, que mañana ya no estaré para comprarles postales y bálsamo de tigre, pues habré vuelto a mi cómodo mundo occidental y ellos seguirán allí, en la calle, tratando de vender una baratija más, un día más.

 

 

LAS TAREAS

 

    Habría sido muy fácil fotografiar mujeres y niñas picando piedra en los márgenes de los caminos, acarreando ladrillos y hortalizas sobre la cabeza a costa de su columna o trabajando el campo descalzas, pero no lo hicimos.

    También habría sido fácil fotografiar la más absoluta de las miserias en las calles, en los soportales de los Templos, en las márgenes de los ríos, pero no nos pareció justo.

    Porque a pesar de todo, ellas y ellos conservan la dignidad, y con esa dignidad ya no son tan harapientos, ni sus manos son tan ásperas. Por eso basta una muestra amable de lo que invariablemente encontré en todos los rincones del país: el agua. El agua para asearse, para beber, para lavar la ropa, amasar barro, para que guíe las cenizas de los muertos… El agua que cae del cielo y el que discurre por la tierra…

    “El agua de la vida” que a todos une por necesitarla, y a todos separa por el grado de esfuerzo al conseguirla.

 

 

LA VEJEZ

 

    Quiero suponer que la vejez en Nepal es como llegar a una dulce infancia (quizás en eso consista su teoría – mi teoría de la reencarnación); si de niños no fueron personas y de adultos casi se les consideró animales de carga, con la vejez llega, aparentemente, la etapa feliz. Juegos en la calle, un cigarro al sol, modelo para una turista…

    Encontré incluso quien más que la reencarnación o el Nirvana llegó a la “mimetización” (que tal vez la reencarnación sea sólo eso, convertirse en guardianes pétreos de los lugares sagrados que visitaron en vida).

    Sea como sea, llevan en sus arrugas toda la sabiduría acumulada a lo largo de muchos años; años nepalíes, se entiende, que son mucho más largos que los nuestros. Tanto, que ni siquiera coinciden con nuestro calendario. El tiempo allí es diferente, no pasa igual. El frío hace que la noche llegue muy pronto y se alargue hasta bien entrada la mañana. Y… sin luz, sin agua, sin comodidades occidentales, ¿no es más noche la negra noche y dura más el crudo invierno?

    El tiempo no es lineal en Nepal. Sufre constantes altibajos como su orografía. “Altis” de más de 8.000 metros, y “bajos” que caen en picado hasta los afluentes del Ganges, hasta Varanasi, que aunque esté en India, no hay fronteras cuando la meta es el Nirvana, el desprendimiento total, la LIBERTAD.

 

 

LAS SITUACIONES COTIDIANAS

 

    Viajando te encuentras con las más variopintas situaciones. Por supuesto, la noche y el día, los cambios climáticos, la soledad, la saturación, los cambios de ideología… aunque a veces, por una de esas bromas de la vida, una imagen me devuelve con un golpe de vista al lugar del que partí. “Matador?” Almodóvar rodó aquí? ¿No es sagrada la vaca y el toro y el oso y la hormiga, y si me apuras hasta el estómago de los nepalíes? Por qué en la etiqueta hay un torero que mata una vida? Será un sutil aviso para quién lo beba…?

    Pero giro la cabeza y vuelvo a Nepal. Otra vez los caminos para recorrer mochila al hombro, y esos militares que tanto afean el lugar; en los pueblos, en la ciudad, en el campo, en la cumbre de aquel monte (cuidado!!, baja la cámara, cree que le vas a disparar!!)

    Adolescentes vestidos de verde camuflaje que no se confunden con el paisaje porque en realidad no es verde, es gris como la gris realidad. Algunos visten  de azul para disimular con el cielo, pero el cielo en Nepal resplandece y ellos son un borrón gris. Unos y otros con sus fusiles y sus grandes botas nuevas, con su carita asustada (¡DIOS MIO! ¡Un maoísta! Dispara, dispara!!)

    Veo las manifestaciones, las balas, los muertos y el miedo en los rostros, los detenidos, las bombas y el Palacio Real escoltado por niños con la piel gris.

    ¿Qué te ha pasado, Nepal? ¿Por qué no nos cuentan nada de ti? ¿Por qué tu lucha no vende? No hables bajito, no me lo cuentes al oído, ¡¡GRITA!!

 

 

LA RELIGIÓN

 

    En Nepal la religión lo impregna todo. No hay momento que algo no te haga pensar en el más allá. Las construcciones dedicadas a los dioses (infinidad de diosas y dioses) y las ofrendas, sobre todo al amanecer y al anochecer. Las velas, las flores, el arroz, los puntos rojos en las frentes de los pretendientes a una existencia mejor… Las oraciones escritas en banderines de colores que no es necesario recitar porque el aire se encarga de rezar por ti… Los sadhus que piden y no te tocan y no puedes tocar, los muertos quemándose en la orilla del río, los sacrificios de animales cada sábado y cada martes y la fiesta de la sangre secándose al sol… La señora que me sonríe, la niña que repite mi mal pronunciado “namasté”… Los mudras de las bailarinas celestiales… el OM MANE PADME HUM resonando en mi mente desde entonces…

    Cuánto he aprendido a quererte, Nepal!!

                                                       

    ©Aurora, 2005

 

subir