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Peregrinos en Angkor

 

 

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AGRADECIMIENTOS, SALUDOS,

DISCULPAS Y DEDICATORIAS

 

 

Agradezco tu interés,

aunque nunca termines de leer este manuscrito.

 

Saludo a los que me conocen

y me aceptan como soy (y también a los otros).

 

Pido perdón

por no ajustarme a la realidad, sólo a mis recuerdos.

 

 

    A mi abuela Juana, que quería ser joven otra vez para viajar a la Luna y al Sol (“qué adelantos hoy en día, hija mía”); a mi abuelo Mariano, que me llamaba “foránea” por no vivir en el pueblo en el que nací; a mi desconocido abuelo Eugenio “el lugarero”, por razones obvias; a mi abuela Josefa y su casa, que para mí era como un castillo lleno de secretos por descubrir; a mis padres, que me llevaron a ver campos, ciudades y museos cuando no estaba de moda salir de vacaciones y no tenían coche ni dinero para hacerlo; al hermano que decidió convertirse en ángel y desde entonces me protege con sus alas; a Israel-Jacobo, por brindarme la maravillosa oportunidad de ser su hermana mayor, viajar conmigo cuando se lo propongo y escucharme cuando le hablo; a Nuria, por ser mi Amiga; a Ani, por ser amiga de mi amiga; a Paco, por acompañarme siempre, en todo, para todo.

 

 

Paco dice que el final de un viaje es el comienzo de otro. Habla del próximo cuando todavía estamos viajando el anterior. Paco es un soñador. Habría sido el perfecto aventurero del siglo pasado, lleno de ideas románticas y un poco locas sobre lugares desconocidos; delgado, elegante… el que te enamora sin remedio con su eterna sonrisa y sus maravillosos ojos azules, el que se cree todo lo que le cuentan y quiere experimentarlo por sí mismo “para lo bueno y para lo malo, en la riqueza y en la pobreza”… Paco no se cansa ni se aburre, nunca protesta y nada le parece mal cuando visitamos otros países. Por eso me gusta tanto viajar con él.

    Yo le digo que el viaje comienza en el momento en que somos capaces de imaginarlo. Y había sentido tantas ganas de caminar entre las piedras de Angkor que me pasé años imaginando cómo sería la ciudad perdida del Imperio Khmer.

    Soñaba que bajaba por enormes escalones de piedra enmohecida, que me dejaba resbalar por árboles que resultaban no ser árboles, que sólo eran las raíces de unas espectaculares higueras blancas de las cuales no alcanzaba a ver el fin… Me veía corriendo por frescos pasillos de piedra gris, mirando el suelo allá abajo e intentando llegar sin caerme por sus precipicios artificiales. Soñaba, en ocasiones, con el verdor de una selva desconocida y esa humedad irrespirable que precede a la descarga del monzón… con casitas de madera y ramas de color marrón donde creo que Paco y yo vivíamos y en las que reíamos y éramos felices… Todavía guardo la imagen de los estrechos caminos de barro en los que dificultosamente se filtraba algún rayo de sol y que nos conducían a un sonido de agua cayendo en cascada… Paco tiraba de mí entusiasmado, pero llegaba un momento en el que yo ya no quería seguir y me soltaba de su mano y le decía que parase, pero él desaparecía de mi vista en una curva… algo me asustaba tanto que me dejaba paralizada. Yo le llamaba con gritos desesperados pero él no contestaba, y al querer acercarme lentamente, me despertaba con el corazón descontrolado y bañada en sudor… Nunca he sabido qué me producía aquel pavor. Siempre me desperté en el preciso instante en el que iba a descubrirlo. Todavía siento angustia al recordarlo…

 

    …Camboya se me antojaba lejana y difícil. Los comentarios de otras personas no ayudaban a cambiar esta impresión (que si el lugar es triste, que si la gente no es nada simpática y te agobia demasiado, que si es muy caro para lo que ofrece…) pero (afortunadamente) me puede el deseo de ver, de escuchar, de oler (aunque no siempre resulte agradable) y seguí imaginando-preparando mi viaje hacia “Camboya, la antigua Kampuchea”.

    Lo cierto es que no hay que hacer un caso excesivo a los comentarios de otros viajeros por muy bien intencionados que sean, ya que cada persona es diferente y cada viaje resulta distinto. Ni siquiera deberíais dar demasiado crédito a lo que yo pueda contar en estas páginas. Sólo es mi experiencia, mi recuerdo, mi vivencia en un país demasiado grande y demasiado rico para ser conocido en unos días y resumido en unas cuantas hojas de papel.

    Tengo que reconocer que nosotros solemos guardar un grato recuerdo de los lugares visitados, un poco romántico y melancólico. Añoramos los cuarentaytantos grados que nos hicieron renegar de aquella visita a las 12 de la mañana… nos falta la alegría, el bullicio y los mocos hasta el labio de los niños alrededor nuestro pidiendo golosinas, vendiendo postales, ofreciéndonos pulseras… echamos de menos la, en ocasiones, mugrienta habitación en la que apenas podemos ducharnos y es mejor no pensar qué tendrá el colchón donde apoyamos nuestras mejillas… Como también nos falta el lujo asiático, literal y nunca mejor dicho, de ciertos hoteles y restaurantes en los que de vez en cuando nos gusta descansar y que en Occidente nunca podríamos pagar…

    Por todo ello luego, a la vuelta, intentamos alargar en el tiempo cada lugar, y charlamos, leemos, charlamos un poco más, nos enfrascamos en la ardua tarea del revelado de carretes, seguimos charlando, positivamos y comentamos fotografías… En esta época de locura informática y carrera tecnológica, nosotros seguimos comprando rollos de película en blanco y negro y diapositiva tradicional, nos metemos en el cuarto oscuro con la ilusión del primer día, y esperamos con ansiedad que aparezca la imagen sobre el papel. Y cuando el retrato de aquella joven deja su huella, revivimos el momento en que fue tomado, y aquellos olores y sonidos invaden nuestra habitación, que ya no está en Guadalajara, ni en España, sino en el barrio Copto de El Cairo, en el mejor hotel de Jaipur o en la más humilde calle de Siem Reap.

 

    Paco dice que no sabe cómo, pero cuando me empeño acabamos en ese lugar al que aparentemente no podíamos ir. Dice que me transformo cuando viajo, que me ve feliz. Paco dice muchas cosas bonitas. Espero que la vida no le cambie más de lo que lo haya hecho ya, porque hace falta gente como él repartiendo sonrisas y buenas palabras cada día, animándote a continuar.

 

    Nos preguntan muchas veces si no sentimos miedo en estos lugares a los que vamos, si las gentes con las que nos encontramos no serán peligrosas… No entienden cómo me comunico si apenas hablo inglés, cómo aguanto las condiciones de esos días de viaje… ¿Cómo hacerles entender que me gusta sentirme extranjera, que disfruto con los rostros nuevos que voy encontrando, que una sonrisa es idioma universal y que hay lugares que merecen la pena aunque falte el agua caliente, las chocolatinas y el cajero automático?

 

    No, no siento miedo. No sentimos miedo perdidos en la noche de Phnom Phen buscando una humilde habitación de una calle que horas antes era luminosa y bulliciosa y ahora no aparecía por ningún lado porque todo era silencio y oscuridad… no hemos tenido miedo caminando durante horas por los pueblos y ciudades de esta Camboya heredera del terrible genocidio efectuado por Pol Pot… ni cuando no sabíamos en qué punto del laberinto de sus mercados medievales nos encontrábamos, emulando a Marco Polo en su búsqueda de seda y especias… buscando especias y sedas como él, y si puede ser alguna talla en madera “very chip, mádam”…

    ¿Por qué vamos a tener miedo? Acaso no somos todos extranjeros, iguales, fuertes o indefensos en algún momento de nuestra vida? Si bien es cierto que nosotros nunca tuvimos problemas que pudieran asustarnos hasta el punto de hacernos permanecer en casa, también debo decir que algunas situaciones en las que nos hemos encontrado a veces no han sido precisamente una balsa de aceite, pero igual nos podrían haber ocurrido en Madrid o Barcelona… o en la misma Guadalajara, a pesar de su tranquilidad aparente.

    Es evidente que nosotros necesitamos salir. Es una necesidad vital real. Cuando no tenemos viaje (ya sea largo o de fin de semana) en nuestro futuro cercano, nos encontramos un tanto desolados, como sin una meta. A pesar de mantener nuestra mente siempre ocupada y nuestro tiempo también, hay una especie de vacío que no se puede explicar y que seguro la mayoría de las personas no entienden. Pero si tú, mi anónimo lector, eres un viajero-descubridor empedernido, seguro que te reconoces en esa desazón que produce no saber cuándo podrás meter cuatro cosas en una mochila y salir de casa “con la sonrisa puesta” y rumbo a lo desconocido.

    Con cada viaje añado un matiz nuevo a mi experiencia, a mis recuerdos; amplío mis conocimientos sobre Política, Sociología, Geología, Climatología, Risología, Personalogía, Niñología, Adorología, Hablalogía… ¡¡Humanidades!!... ¡¡Cuántos aromas en mi cabeza, cuántos sonidos desconocidos, cuántas miradas grabadas en la retina, caras, risas, sonrisas, el repiqueteo de las campanillas al viento, la sangre goteando de los animales en venta colgados sobre el mármol blanco, el olor del pescado fresco, el olor del pescado seco y salado…!! El jengibre, las naranjas, el clavo, la gelatina de mil colores, las guindillas rojas, verdes y amarillas, los insectos fritos y crujientes y relucientes, las bandejas de tarántulas que me ofrecen en una parada del autobús… Tantas cosas para contar y tantas que nadie querrá oír…! ¿Miedo? No, no tengo miedo al viajar. No me da miedo lo desconocido. Temo más la vuelta, pues cada regreso se me hace más difícil regresar. Volver a la rutina, al trabajo, al pan nuestro de cada día oyendo las mismas frases y los mismos telediarios… Me da miedo perder la cabeza un día y olvidar todo lo que he conocido… Sí, me da mucho miedo olvidarme de este mundo fascinante que todavía merece la pena ser conocido y recorrido y contado y recordado… Pobre mundo globalizado que va perdiendo sus señas de identidad…! Y tengo prisa por volver a partir y poder ver con mis propios ojos cómo vivían otras gentes antes de la “Macdonalización”. Me agobio al pensar que ya no venden gusanos cocidos en China ni kebab en Estambul, que en pocos sitios de España puedo comer un pincho de tortilla de patata y ya casi nadie sabe hacer un buen café cremoso y aromático… no entiendo por qué razón identificamos (identifican) la evolución hacia algo mejor con la destrucción de lo diferente… Por qué un pueblo no puede mejorar económicamente si no pierde sus costumbres y se globaliza (se occidentaliza) (se americaniza, con perdón).

    Bien, no voy a politizar estas fotos ni estos textos. No tengo derecho ni ganas (o quizás sí). Es la rabia que me sale de dentro al volver a Bangkok después de sólo 5 años y ver en lo que le han convertido. El título de una exposición a la que allí asistimos resumía perfectamente esta sensación: “R.I.P. Bangkok”.

 

 

    El Tonle Sap es un río lleno de vida que reparte vida entre los pescadores que faenan en sus aguas; y sobre esas aguas y esos peces veo barcazas, casas, familias y hasta pueblos enteros que viven flotando, dejándose llevar por los vaivenes del agua y sus crecidas veraniegas, siendo uno con el río, formando ya parte de él generación tras generación. Y una vez más me doy cuenta de que muchos de estos pescadores apenas pueden con el cubo y el agua para beber porque, como siempre, comienzan a trabajar siendo niños. Levantan la cabeza y miran el barco que pasa a su lado con gentes extrañas y pálidas, y les saludo con la mano y ellos me devuelven el saludo con una enorme sonrisa y durante unos segundos siguen agitando sus brazos hasta que otra barca y otros diminutos pescadores llaman mi atención con su “jelou” impaciente… se pierden… aparecen y desaparecen como fantasmas de las aguas… serán reales? Sólo unos segundos en los que compartimos espacio y miradas y tanto tiempo que les recordaré, quizás toda la vida… los llevo para siempre en mi cabeza y en mi cámara fotográfica… es como un milagro… para ellos sólo es una barca más con una turista simpática. Probablemente, después de unos años, quizás meses, se habrán acostumbrado tanto a este vaivén de hombres blancos que ni nos mirarán, y yo me siento profundamente agradecida y afortunada por haber navegado sobre el Tonle Sap en este preciso punto de la historia Camboyana. Porque Camboya, la antigua Kampuchea, está resurgiendo, creciendo, rugiendo… pidiendo y exigiendo su espacio… el que le robó el loco sanguinario Pol Pot.

    Y el Tonle Sap huele a mar e impregna de humedad mi piel… El Tonle Sap huele a mar y une sus aguas a las del Mekong y se abre y se expande, y sigue oliendo a mar… y ahora parece más mar porque no veo las orillas ni el fin de este río convertido en lago donde todavía quedan delfines chapoteando en sus aguas… delfines de agua dulce… que huele a mar.

 

 

 

    “Lo he probado todo, lo he visto todo… He visto la estrella vespertina levantarse sobre las grandes ruinas del pasado, sobre los templos de Angkor, la ciudad del misterio…” (Eclesiástico).

    “Y se cumple así mi sueño de infancia, y vuelvo a oír, en mí mismo, la frase de mi infancia: “he visto la estrella vespertina levantarse sobre las grandes ruinas del pasado, sobre los templos de Angkor…”” (Pierre Loti – Diario íntimo).

    En Junio de 2001 Paco escribió en el libro que compró para mí: “…para que un día, como Pierre Loti, contemples la belleza que encierra Angkor…”

    El 25 de Diciembre de 2004, un día antes del horrible tsunami del Pacífico, yo escribía en una postal que me envié a mí misma desde Camboya: “Me he perdido en el Ta Prom!!”.

 

    Me parece increíble estar aquí. Algo muy bueno he debido hacerle a la vida para que me premie de vez en cuando con estos fantásticos regalos. Casi me da miedo pensarlo y reconocerlo, por si la magia se desvanece. Es como si en diferentes momentos de mi existencia tuviese a mi favor todas las fuerzas benéficas y me obedeciesen sin rechistar. Es en esos puntos precisos y preciosos de la línea de mi vida donde se da la conjunción exacta y necesaria para que yo pueda soñar y vivir mis sueños a la vez. Por difícil que parezca, sucede, y no deja de sorprenderme. Me sorprende poder viajar, y regresar sana y salva una vez más. Y otra vez juro y perjuro aprender inglés para la próxima vez, pero de nuevo parto con mi pobre vocabulario anglosajón, y aún así entiendo y me hago entender.

 

    En Camboya hay pocas personas mayores… y extraña e impresiona pensar que las que existen son las supervivientes de aquellos terribles años. Quizás la persona que se sienta a mi lado en el autobús sea un superviviente, quizás le torturaron, quizás mataron a su mujer, a sus hijos… Pero más me impresiona pensar que pudo ser él o ella quien mataba a las mujeres y a los hijos de sus vecinos y por eso sobrevivió y puede ahora viajar conmigo… ¿Cómo saber? Miro su cara, intento descifrar su mirada… me sonríe… ¿Sería capaz? ¿Qué pasa por su cabeza hoy?

 

    Y sé que no soy de allí, pero no sé cuánto me queda de aquí; sé de dónde no soy, pero no acierto a decir de dónde soy ni de dónde me siento; cada vez me reconozco menos en esta Castilla que no es capaz de dejar pasar una nube por sus cielos y me abrasa y me congela y no me mira a los ojos cuando se cruza conmigo y me empuja y me pisa y me desprecia porque sólo sabe que existe cuando habla en primera persona del singular, desconociendo la alegría de los plurales y evitando las segundas personas a las que amar y con las que compartir…

    Porque en realidad me siento más nómada que otra cosa, porque no soy y no quiero ser de ningún lugar, quiero ir y venir y volver a marchar… recoger y extender mis cosas en cualquier rincón y ser vagabunda en Oriente y peregrina en Angkor.

 

 

 

©Aurora Alcón, 2006.