China is different

 

China es diferente. Quizás no tanto por sus paisajes y edificios que en muchas ocasiones lo son, pero sí y sobre todo por sus gentes. Las gentes, pueblos, tribus urbanas y tribus sin más son diferentes en China. China es el caos, la aglomeración, la desidia, la indiferencia, la curiosidad y el alboroto, el silencio y la ignorancia, es todo y nada, cada día distinta, cuando crees que la conoces te sorprende de nuevo y no sabes nada de ella. Te divierte y te aburre. Te gusta y la odias. Te satisface, te marea, te sobra… se convierte en tu pesadilla y cuando te alejas ya quieres volver. China es lo que te cuentan y lo que lees, lo que te imaginas y lo que nunca pensaste que podría pasar, lo que nunca creerías si no lo vieras con tus ojos y algún sentido más.  Su bruma te hace soñar, te eleva a las nubes envolviéndote en los sueños de Marco Polo y te devuelve a la realidad más dura y cruel a la vuelta de la esquina. China es bajita, pero está creciendo, es un infante regordete y mimado; China es, sobre todo, adolescente… Una hija adolescente con su minifalda de cuadros que le salió respondona a papá. Con esa fuerza adolescente que todavía cree en los cuentos de hadas pero se fuma y se bebe lo que pasa por sus manos porque está deseosa de probar lo que hasta ahora le habían prohibido. Es una giganta que se desmigaja a ritmo de heavy metal y se emborracha con burbujas de coca cola… China engorda cada día más… se hace fuerte y se asegura, se siente bien en la trampa de azúcar y ketchup que los neones le venden de la mañana a la noche y se va desparramando como el pulpo que cayó en nuestra red y una vez muerto dejamos sobre la mesa… casi sin que nos demos cuenta, en silencio; con sus numerosos brazos que a todo llegan, escurridizos,  cautelosos, dóciles, suaves, muy suaves, casi gelatinosos; se te escurre entre los dedos, se cae de nuevo y no puedes hacerte con él, pero sientes su peso, sabes de sus tentáculos, notas sus ventosas y sus grandes ojos mirándote desde algún lugar de esa masa pegajosa de cabeza enorme y minúsculo corazón.

 

Me dicen que los chinos están de moda, que son motor económico mundial y que su Gobierno multa por escupir y paga por sonreír a los turistas. Llegan tiempos nuevos, aires de cambio, doctrinas contradictorias; trozos de antiguas sedas rojas ondeando en las paredes de los interminables edificios grises. Sedas, tules, organzas, satines, tafetanes, sublimes encajes y muy dignos algodones de-colorados con las tormentas que los monzones descargan sin piedad porque no hay piedad no existe la piedad en este mundo ya no tenemos piedad. Llegarán los olímpicos y sus acólitos. Llegará la gente del oeste deseosa de experiencias y sensaciones nuevas.  Nos recibirán con las sonrisas forzadas, la boca cerrada y apretando los labios para que el escupitajo se quede dentro hasta la próxima esquina, hasta el próximo, nuevo y flamante w.c. Nos recibirán con los bolsillos abiertos. Y sin piedad.

 

Trato de apaciguar mi mente sentándome a mirar los cientos de chinos que hacen ejercicio en la calle frente a mí. Decido acercarme a una de las estaciones de tren y comprar un billete para un lugar alejado unas 20 horas de allí. Superados los empujones, los bultos, las miradas, las escupideras y algún que otro codazo, aparecen ante mí los vagones, interminables, perdiéndose en la niebla. De repente, vivo en primera persona una escena de esas películas en blanco y negro que de niña me gustaba ver en televisión. Los andenes, los trenes, la niebla moviéndose entre los viandantes… la tenue luz, el frío de la mañana, los revisores perfectamente vestidos y aderezados con su gorra y su silbato, su porra y su manojo de llaves. Cientos de ojos me miran tras los cristales y yo los atravieso y me mezclo entre ellos. Me siento a su lado, les miro y les sonrío. Observan mis ojos, mi pelo, mi ropa. Hablan entre ellos y se olvidan de mí. Comen, beben, van y vienen. Hablan y ríen. Beben, comen, vienen y van. Dormitan, me miran de nuevo… Tras mucho té caliente y una gran dosis de paciencia la revisora me despierta con un golpe en el hombro por el cual deduzco que mi destino está a punto de llegar. Ya veo el pueblo, el campo, la tranquilidad… el barro, el carbón, los gatos y los monasterios… las niñas en bicicleta y las sonrisas sinceras. Los viejitos arrugados y las viejitas desdentadas, la vergüenza ante la descarada extranjera que les habla y gesticula y se sienta a su lado y les fotografía a pesar de sus años y sigue allí imitando sus gestos y se deja tocar la cabeza y les coge la mano y les abraza… y todos ríen a carcajadas porque saben que no se volverán a ver… Intercambian unas direcciones en un papel arrugado, pero ninguno entiende lo que escribe el otro… las fotos, ¿llegarán? 

 

Es otra China. Es la China que buscaba, la que esperaba, la que imaginé de pequeña cuando soñaba con viajar. Aquí encuentro a Confucio,  enciendo varillas de incienso, camino entre agradables campesinos, visito templos olvidados… La China que no avanzó, la que quedará cubierta de agua dulce y amarilla, la que se perderá en el tiempo y no cambiará jamás. Porque ya no cambiará para mí que la conocí amable y dulce. Ni cambiará la alocada y desenfrenada China de la ciudad. Ni la que busca mujer en la aglomeración porque no la encuentra fuera de ella. Ni cambiará para mí la China que se deslumbra en los escaparates de los flamantes centros comerciales y boquiabierta mira los precios y las marcas… Aunque vuelva una y otra vez, no cambiará porque siempre habrá una China que se parezca a la China de mi primera vez.

 

 

 

                                                                                                         © Aurora Alcon, 2005-2006

 

 

 

 

 

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