aBURMAdos

 

 

 

BIRMANIA VERSUS MYANMAR

 

 

Creía que ya no tendría más que contar sobre Oriente y mis viajes, porque creía que ya lo había visto todo de allí. Lagos, selvas, templos, pobreza, alegría, lujo desmesurado, lluvia y calor. Pero no. En esta ocasión visité Birmania, Burma, la que ahora llaman Myanmar. Y Oriente volvió a sorprenderme. Volví a quedarme con la boca abierta, desconcertada, aBRUMAda-aBURMAda. Y así, con ojos de plato,  recorrí este país selvático y acuático que apenas enciende luz porque no tiene luz cuando el sol se pone. Y cuanta menos luz me ofrecen sus pueblos, más abro yo los ojos para no perderme detalle, deseando tener pupilas de gato para poder observar cada brizna de luz rebotada en sus piedras. Porque es un espectáculo esperar que el sol baje y el cielo se vuelva rosa, naranja y rojo por unos minutos. Sentarse en lo alto de la escalinata del templo, con los pies descalzos y el calor del día acumulado en la piel, contemplando los cientos y cientos de cúpulas que sobrepasan los árboles de la llanura de la vieja ciudad de Bagan. Y cuando ya las sombras vuelven grises los caminos y casi no distingo mi bicicleta allá abajo, fuera del recinto, me decido a abandonar los refugios de Buda. Y pedaleando despacio, tanteando cada piedra, cada remolino de arena, cada varilla de incienso, intento volver al pueblo donde me espera mi habitación sin luz, sin aire acondicionado, sin nevera. Y si la suerte está conmigo y esta noche tenemos agua,  disfrutaré infinitamente este momento y saldré a cenar limpia y reluciente, ataviada con mis ojos de gata para no perder ni un pequeño detalle de este mundo de sombras que cada noche me intriga más, porque poco a poco, noche a noche, me voy acostumbrando a las tinieblas, a las cenas con velas, a los farolillos que intentan alumbrar la entrada de las casas, a comprar a la escasa luz de una linterna, a las sonrisas de caras difuminadas, a los ojos que me espían y no me importa…

 

         Pero amanece y ese mundo misterioso desemboca en una sociedad chispeante de personajes luminosos. Gentes cálidas y nobles, bulliciosas, ingenuas quizás; buenas gentes amenazadas por su propio gobierno que me ayudan y sonríen y me besan y me abrazan cuando dejo una propina probablemente desorbitada después de pagar por un menú lo que aquí no serviría ni para pagar un café, sólo un café solo. Un café por una comida de dos platos con –por supuesto­- cocacola y café. Solo. Preparado allí, delante de mí, sólo para mí. Arrancando la verdura de la tierra y escogiendo en el cubo un buen pez (pobre pez!) para mí. Cortando la fruta y haciendo café solo, sólo para mí. Con una sonrisa, con cuidado, con mimo. Una comida básica, sin inventos, sin estupideces, sin oropeles; un manjar, un banquete; una buenísima comida que me reconforta y me devuelve el ánimo para continuar unas horas más por estos polvorientos caminos que sigo queriendo conocer.

 

         Y todavía me recorre la nuca un escalofrío cuando recuerdo sus arañas, que hicieron que pasara por la peor de mis pesadillas: arañas grandes, enormes; arañas agresivas, tarántulas de todos los colores camufladas en la intrincada vegetación que me rodea. Arañas que cuelgan de los árboles, del escaso tendido eléctrico de algún afortunado poblado, del techo de  trenes y autobuses… que recorren el suelo y las paredes, que suben por tus piernas y se te enredan en el pelo…arañas que se esconden en las grietas de las paredes, en las patas de las sillas, en el cordón de las zapatillas… telas de araña alfombrando caminos, negando el paso, cubriendo bicicletas, frutas, enseres y hasta algún anciano que dormita después de tomar el té… arañas, arañas, y más arañas… arañas buenas, arañas malas. Arañas que se comen los mosquitos que invaden el aire. Arañas que definen este país líquido que se derrama en sus innumerables lagunas, ríos y lagos, o quizás sólo en uno, el Ayeryawadi, el Inle, pero que a mí me parecen cientos. Agua por donde paso, agua por donde miro. Barcas y canoas. Pescadores, palafitos, hombres-pez; preciosas sirenas levitando sobre la plata refulgente, con sus interminables melenas cubriendo su cuerpo de mitad mujer. Me desplazo sobre el agua. Me da miedo el agua. Agua pantanosa plagada de insectos, comida de arañas. Agua fuente de energía para los nenúfares que me deslumbran con su color, pero escondrijo de arañas, al fin y al cabo. Una inmensa sopa de color rosa y verde que se mueve al compás de las ondas de mi “canoe”. Me dejo llevar porque confío en el arte del remador, aunque no entiendo que lo haga de pie y utilice las piernas y no los brazos... curiosa forma de avanzar... Atónitos, aBURMAdos, desconcertados, cambiando de paisaje, de día y de ciudad por los ríos que son venas sinuosas y caudalosas, valientes venas, sangre de Myanmar.

 

         Y recordaré (ojalá siempre!) con inmenso cariño sus niñas y niños, sobre todo las caritas pintadas de las niñas, la piel cubierta con thanakha para que el sol no la envejezca prematuramente, para que sea más blanca. Y para confundir a los insectos y que la infección pase de largo. Y para que yo no pueda pasar a su lado sin fotografiarlas, extasiada con su belleza. Se adornan el pelo con una orquídea, y me regalan una sonrisa y una mariposa de papel. Y yo saco de mi mochila unas piruletas y unos globos para inflar porque no tengo otra cosa que ofrecer. Y jugamos y reímos, y subimos juntas la pagoda-templo-paya, descalzas, felices. Aunque a mí ya me falta la respiración y sólo estamos a la mitad. Y cuando me siento a descansar casi en la cúpula y las veo bajar escalón tras escalón se me rompen los nervios y no las pierdo de vista, esperando que lleguen al final sanas y salvas porque no sé cómo pueden, con sus pequeñas piernas, mucho más cortas que cualquier piedra de cualquier escalón, descontar salto a salto los metros que nos separan del suelo.

 

         Así es mi-Myanmar, la de los Últimos Días de Birmania; la Myanmar de Aung San Suu Kyi, candidata elegida por el pueblo y encarcelada por el ejército hace más de 20 años; la de los Gritos del Silencio que siguen silenciados y en el olvido, la que nadie quiere oír, nadie quiere ir, nadie quiere hablar… No se habla de Myanmar, no llegan noticias de Birmania. Una tierra casi virgen, con estampas del Neolítico en pleno siglo XXI. El buey con el arado de madera, los pescadores del palito y el cordel. El país de los mil medios de transporte, de los camiones y los jeep de los “charlies” reparados cientos de veces, a veces tan sólo un motor y cuatro ruedas reventadas, remendadas, refugiadas… refugiados en Thailandia, huídos a la tierra de la eterna sonrisa… parias fuera y dentro de su territorio. Banderas. Símbolos. Barras y estrellas. Bombas que no estallan, o que sí estallan. Militares. Minas enterradas esperando su rojo botín. Ejército. Opio. Uniformes. Corrupción. Corbatas. Prohibición. Hambre. Miedo. Miedo. Miedo. Myanmar.

 

 

 

©Aurora Alcón, 2006/07.

 

 

subir